Un Barquito de Papel
Caminó a la orilla, en momentos en que la arena pesaba en los bolsillos de su desteñido pantalón azul. Llevaba monedas, llaves y una que otra pelusa añeja y maloliente de años de lavado. Cada paso que daba removía, con sus pies, la arena compactada por el mar en las diferencias de marea. Su paso era firme en la arena, pero su mirada era cabizbaja denotando un peso en su alma. Cada paso que daba, se iba hundiendo algo más en la arena y sus pies descalzos comenzaban a sentir el frío golpeteo del agua en su piel. Pero él no parecía sentir. Su mirada estaba hacia dentro de sí. Miraba lo que no quería dejar, pero el peso lo hundía cada vez más. Deslizó sus manos por sus bolsillos intentando despojarse de la arena y de alguna añeja pelusa.
Ya al borde de la arena, con sus pies sumergidos completamente en el agua, sacó del bolsillo de su camisa blanca, un papel doblado. Depositó su mirada en el papel para abrirlo, mientras de sus ojos se dejó ver una lágrima tímida que se deslizó entre los surcos de la edad de su rostro. Esos surcos formados por la erosión de los años entre alegrías y penas. el camino de la lágrima estaba hecho. No cabía duda que era el trayecto habitual del manantial de llanto que por momentos se dejaba ver en su vivir.
Se detuvo. Mientras desplegaba el papel, una pequeña ola lo sacó del trance. Miró alrededor y no había nadie. Él estaba para todos, pero en esa playa no había nadie. El papel tenía textos escritos con lápiz de pasta azul en una hoja cuadriculada. Fue leyendo y su rostro comenzó a humedecerse. Miró hacia el horizonte y sus manos comenzaron a plegar el papel en finitos dobleces, dando forma a un Barquito de Papel. Puso el barquito en su mano derecha, mientras con la izquierda secaba sus lágrimas. En su mano derecha yacía el barco de papel con el capitán imaginario que observaba el horizonte y evaluaba el trayecto a seguir para transportar el mensaje. Con el cielo teñido de colores rojos, amarillos y anaranjados, dispuso su mano derecha en el agua, depositando con delicadeza el barco de papel. No era tan solo un trozo de papel con forma de barco, sino que llevaba el silencio vivo de unas cuantas letras y frases. Llevaba la ilusión de un nombre oculto y el sueño de un hombre.
Al dejarlo en el mar, corriente lo recibió adentrándolo rápidamente. Cual navío experto fue surcando la olas en dirección a la última misión. A la última etapa. Allí donde muere la palabra. Iba con rumbo a la eternidad del silencio, ahí en donde otros gritos han callado. Ahí donde desembarca la ilusión rota de tantos.
Entre mas se alejaba el barco, se iba perdiendo en la oscuridad aquel hombre. Solo se distinguía su blanca camisa que flameaba en aquel enjuto torso. Cada paso fue borrado por cada ola y su silencio vivía en aquel barco. No quedó nadie en esa playa. Hubo silencio y su palabra navegó y vivió en el mar de la vida que solo será audible cuando alguien la lea.